Ahimsa – La regla de oro
Vivimos en una época intensa donde la conciencia se acelera vertiginosamente. Al mismo tiempo, esta rapidez expone un desequilibrio igualmente intenso, donde se manifiestan múltiples capas de vulnerabilidad tanto en comunidades urbanas como rurales. Con la llegada de la globalización, la fuerza central para la felicidad, el amor y el cuidado humanos se ha visto gravemente comprometida. Y, con esta fuerza central comprometida, ha sobrevenido el deterioro progresivo de la comunidad humana. En este estado de deterioro, nos hemos alejado de nuestras raíces: ancestrales, estacionales, geográficas y arqueológicas. Estas raíces son nuestra fuente principal para nutrir el cuerpo, la mente y el espíritu. Para restaurar la armonía en nuestras culturas, comunidades y en nosotros mismos, debemos cultivar la paz. Para ello, reivindicamos una vida de ahimsa como la principal prioridad de nuestro tiempo.
Cada uno de nosotros posee la energía autoorganizadora de la ahimsa (no violencia) en su interior. Para transformar la conciencia global en una mente de paz, primero debemos alcanzar la paz interior. Al comprender la sanación como un proceso continuo, como la energía siempre generadora de la plenitud, podemos sostener una vida libre de enfermedad y desesperación.
El Ayurveda nos enseña que siempre estamos completos: con enfermedad, sin enfermedad, con desesperación, sin desesperación, con dolor, sin dolor. La paz es la libertad absoluta de todo tipo de desorden, y cada uno de nosotros lleva este poder creativo en su interior; independientemente de nuestras aflicciones kármicas, la paz permanece inalterable, intacta en el corazón humano. La dificultad para mantener la armonía interior no es un defecto de ahimsa. El grado de paz que cultivamos depende de nuestra relación con la mente, la cual está condicionada por cómo reaccionamos a los recuerdos condicionados.
Fortalecemos la ahimsa mediante el cultivo de la consciencia personal. Para nutrir la paz, primero debemos sanar la mente. Al alinearnos con este proceso, revelamos la caverna oculta de deseos, miedos, debilidades y heridas no resueltas, transmitidas de generación en generación, de vida en vida. Esta revelación de la negatividad no resuelta nos brinda la oportunidad de sanar y recuperar el don inmutable de la ahimsa, que espera nuestra apertura. El resultado exitoso de esta sanación es alcanzar nuestro estado natural de paz. Es fundamental estar presentes en el proceso de sanación, por inesperado y desafiante que pueda ser. El proceso suele ser difícil de afrontar porque no es agradable. Contiene, en su esencia, esa parte oculta de nuestro camino, ese estancamiento y estancamiento que necesita ser liberado y superado con valentía. Si somos capaces de afrontar esa parte oculta de nuestro camino de frente, nos abrimos al espíritu y encontramos la resolución.
Un ejercicio sencillo que me ha ayudado en mis momentos más difíciles es el siguiente: busco algo por lo que sentirme agradecida; un árbol lleno de luz, un amigo que me ayuda; un pájaro en vuelo, una nube alegre que pasa flotando; contemplar una foto del rostro amoroso de mi madre. Es cierto que este cambio es difícil de lograr cuando estamos estancados, inquietos, sumidos en el miedo, la angustia o la desesperanza. Pero la Madre Naturaleza siempre nos tiende la mano, nos impulsa hacia afuera. Simplemente sé. Abre los ojos y conéctate con ella. Una vez que vemos su luz y reconocemos el amor de la naturaleza que inunda nuestra alma, podemos dar el siguiente paso.
Atribuye las dificultades y adversidades, el dolor y la angustia al crecimiento kármico, y no a la injusticia o la desigualdad. Ahimsa se trata de no culpar a nadie ni a nada. Sanamos cuando podemos invocar una clara intención de honrar nuestro camino, sea cual sea su desarrollo. Los desafíos son muchos, pero la solución es la misma para todos. Haz de la paz tu primera y principal prioridad. En otras palabras, libera tu mente y trabaja con dedicación para crear armonía interior: ¡Ahimsa! Cuando caemos, ¿con qué rapidez podemos recordar "Yo soy Ahimsa"? Luego, levántate y esfuérzate por cultivar el amor, permitiendo que Ahimsa tenga el espacio que necesita dentro de ti para florecer y fluir.
Al vivir ahimsa, aprendemos que la paz no depende de condiciones propicias, de lo que comemos, de lo que pensamos, ni siquiera de lo que decimos. La paz consiste en aprender a trascender la desarmonía, el desorden, la enfermedad y la desesperación, buscando esa llama interior, la luz irrevocable e incorruptible que redefine todas las condiciones de vida. La paz consiste en sentirnos cómodos con el terreno carnal de los huesos nocivos y podridos. La paz ofrece su propia respuesta a través de nosotros una vez que permanecemos centrados en su campo. Ahimsa es nutrir la paz. Se trata de cuidar, aceptar, dar, proteger y proteger este espacio sereno del Ser Único que todos compartimos. Esta paz engendra el amor más grande. Mis ancestros védicos comprendieron el amor y la paz como fundamentos de la naturaleza. Reconocieron que la armonía se produce solo mediante la cooperación con la naturaleza. Se entregaron a la naturaleza para aprender a mantener una vida comunitaria próspera. Trabajaron arduamente para nutrir la paz y mantener vivo el amor. Al recolectar hierbas, raíces, frutas y legumbres sin dañar el bosque ni a los animales de su comunidad, consideraban sus tareas cotidianas un deber sagrado para sembrar amor en la tierra. Sabían, como ahora estamos redescubriendo, que el mayor valor de la vida humana reside en cultivar la paz.
